En cuanto a su manera de ser, afloran contradicciones de todo tipo. Su último apoderado, Armando Defino, comenta al respecto: “Se ha insistido en que Carlos era un muchacho triste, dominado por una pasión no satisfecha, y que en sus momentos de intimidad mostraba otra cara distinta a la risueña y franca con la que trataba al público. Carlos no era triste, yo he participado en sus momentos íntimos y todo era optimismo en él…”

En ese mismo sentido apunta Isabel del Valle: “Era un chiquilín grande… nunca se le veía triste, siempre contento, con un chiste en los labios…”

Pero en la cara opuesta José Razzano, quien no sólo fue su compañero de dúo, sino también entrañable amigo, promotor de sus primeros éxitos, y como se dio en decir, “maestro en el modo de vivir”, ya que le aconsejaba hasta en las más mínimas cosas, declara : “Los que departían con él en las grandes reuniones que él mismo provocaba –inexplicable afán de aturdirse- , lo creyeron jovial, expansivo. Pero los que cultivamos su amistad, sabíamoslo retraído, absorto y en algunos instantes contemplativo, llevando siempre dentro algo así como una tristeza tortuosa, oscura. En el fondo era un niño. Tan pronto vencíale el abatimiento como lo asaltaba un ansia incontenible de triunfar.”

La amistad con Razzano se extendía hacia la esposa de éste, y particularmente hacia sus hijas, a las cuales Gardel adoraba. Amante del turf igual que su compañero, Razzano era asimismo bohemio y desordenado y consecuentemente la administración que hizo de los bienes del cantor fue desprolija, pero sin que ello rozara un ápice de su honorabilidad, condición que todos sus amigos reconocían. Las desavenencias de Gardel con Razzano culminaron en 1931 cuando pidió a Armando Defino que se encargara de la administración de sus cosas, en sustitución de aquel.

Roberto Maida, otro cantor que lo frecuentaba en Europa, comentó: “hombre muy retraído, casi un tímido, que estaba muy solo a pesar de su compañía…”

Juan González Prado hizo estas declaraciones: “Era un hombre buenísimo, muy generoso; vivía prestando plata, mejor dicho regalándola…”

Pedro Ortiz expresó: “Era un tipo simple, no le gustaba el agasajo y se cabreaba ante los que buscaban su amistad sólo porque era un cantante famoso…”

Las contradicciones evidenciadas en las declaraciones de los distintos testigos, son sólo aparentes. Evidentemente, el ánimo de Gardel era cambiante, exhibiendo externamente y sobre todo en público, una fachada alegre y despreocupada, pero que caía en la intimidad en estados depresivos y de melancolía, derivados seguramente de su situación infantil.

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