
Gardel comenzó a cimentar su fama, en la primera década del siglo XX, cuando la escena ya estaba ocupada por los grandes payadores del momento: Gabino Ezeiza, José Bettinotti, Arturo de Navas, Ambrosio Ríos. Por ese tiempo las payadas de contrapunto y las improvisaciones empiezan a dejar su lugar a las canciones, las cuales van surgiendo al amparo de los pedidos de repeticiones de ciertos temas que hallaban eco favorable dentro del público. Además, las temáticas elegidas, que inicialmente trataban de temas camperos, de las quejas de los gauchos, van cediendo paso a las querellas del hombre de la ciudad, el porteño, y al mismo tiempo, las notas de las cifras y los estilos van dejando lugar al tango.
Los payadores fueron un modelo a seguir para Gardel sólo en la primera incursión que hiciera en sus comienzos. El ser mandadero de doña Berta, planchadora de oficio, le permitió ingresar a los camarines de los grandes cantantes líricos de la época, situación que se vio reforzada por dos ocupaciones que luego tuvo: integración a la trouppe de “claqueros” de Luis Ghiglione, y su trabajo como tramoyista de teatros.
Gardel apoyándose en lo que escuchaba aprendía de los grandes maestros en lo relativo al modo de respirar, emitir e impostar la voz, agregaba a ello todo el sentimentalismo y expresividad que cultivaban los bardos populares, logrando así una extraordinaria fusión, que se beneficiaba además del notable e innato sentido musical que poseía Gardel. Se le ve así en sus comienzos como un cantor de voz atenorada que incursionaba en el campo de las notas altas y calderones, a la par que hace alarde de los agudos.
............................................................................................................................................................. Los géneros que más cultiva en sus comienzos serán las cifras y los estilos, los valses criollos y las vidalitas, y sólo muy lentamente irá evolucionando hacia el tango, que recién logra imponer al promediar la segunda década del siglo, cuando canta “Mi noche triste”, comienzo de una serie que abarcará 526 tangos, algunos grabados 3 y 4 veces, y generalmente con distintos acompañamientos.
En 1911 conoce a Razzano y al año siguiente integrará con él un trío cuando se suma Francisco Martino para finalmente formalizar el dúo con el “Oriental”, que durante 12 años consecutivos actuará con singular éxito. Razzano hace la primera voz del dúo, pero sin lograr la altura de su compañero, que paulatinamente conseguirá irse independizando hasta transformarse en solista, cuando Razzano hacia 1925 abandona definitivamente el canto. Muchos de ellos fueron repetidos en el tiempo, ya variando algo las letras, cambiando acompañamientos, grabando en forma idéntica pero en distintos países. Las variantes expresivas que imponía eran de un orden tal, que hay veces que parece que se está escuchando un cantor diferente, si no fuera que el milagro de su voz vuelve inconfundible al intérprete.
Gardel predomina en los solos que graba como consecuencia natural de las distintas facetas que definirán su calidad de cantor: condición excepcional de una voz bien timbrada, sentido musical notable, expresividad incomparable, tono interpretativo exacto, e incluso la peculiaridad de un pintoresco lenguaje encuadrado en la flor del lunfardo y que se escucha como un invento de su cosecha, en los dichos accesorios que injerta espontáneamente en sus canciones.
El cantor agrega a sus virtudes, la expresividad de su rostro, que unida a sus atributos vocales, concreta para el espectador la presencia de un “actor de tangos”. Esta condición, de la cual hacía gala en cualquiera de los escenarios en que actuaba, tomó dimensión máxima en algunas de las canciones de sus películas, tal como fue el caso de “Cuesta Abajo”, “Tomo y obligo”, “Sus ojos se cerraron”.
Inicialmente Gardel se mostraba recio a otro acompañamiento que no fueran las “escobas” como graciosamente les llamaba, pero paulatinamente fue cediendo y admitiendo la aparición de otros instrumentos aun cuando estos se reducían en cierto modo a imitar el rasgueo de aquellas. Era obvio que éstas le facilitaban la labor de cantor, ya que le podían seguir cómodamente y esperar el momento oportuno, dando lugar a los clásicos apartamientos que Gardel hacía del texto de las letras, introduciendo elementos accesorios que espontáneamente adicionaba a sus canciones. La orquesta por el contrario, dificultaba la improvisación y sobre todo le obligaba a respetar el solfeo, o sea, cantar marcando el compás, a lo cual Gardel no parecía muy afecto. El ídolo resolvía generalmente los problemas, no respetando demasiado los tiempos, diciendo frases en la mitad de los compases, o si se quiere, haciendo estos más elásticos.
De todos modos, la alta disciplina que Gardel se impuso en Nueva York, le permitió acomodarse muy
dignamente a los requerimientos de Mariani, aun cuando deba reconocerse que ello le restó calidez a sus fraseos, le estereotipó algo, y le obligó a caer en la arbitrariedad de acentuación de que hizo gala en las canciones de las películas, donde pueden detectarse claros errores fonéticos, para poder armonizar los acentos de la frase musical con la literaria. Ello no disminuyó para nada el prestigio de Gardel y reafirmó por el contrario el carácter creativo de su personalidad que fue lo que le permitió actuar con éxito creciente en su carrera. .............................................................................................................................................................
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